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miércoles, 18 de junio de 2014

Un año negro para el deporte colombiano "EL DÍA QUE MATARON EL FÚTBOL COLOMBIANO"

Un año negro para el deporte colombiano
El día que mataron el fútbol


Este sábado se cumplen 25 años del asesinato del árbitro Álvaro Ortega a manos de sicarios en la ciudad de Medellín. Ese año no hubo campeón pues el torneo se canceló.

“Me hirieron, me jodieron, Chucho. Coge a ese hijueputa”, alcanzó a decir Álvaro Ortega a Jesús Díaz, su amigo y compañero en el arbitraje. Acababa de recibir 10 impactos de bala. Díaz echó a correr en dirección al taxi del que se había bajado el asesino, alcanzó a tomar por el cuello al conductor mientras lo insultaba. El carro arrancó. Jesús se agarró de la puerta tratando de impedirlo, pero a los pocos metros quedó tendido sobre el pavimento, al tiempo que le gritaban desde el taxi: “Chucho, tranquilo, no nos metas en problemas con el patrón. No te queremos hacer daño”.


Con ayuda de un habitante de la calle que aprovechó para robar la billetera del herido, Díaz subió al agonizante Ortega a otro taxi, rumbo a la clínica Soma. El reloj marcaba las 10:45 de la noche del 15 de noviembre de 1989. Ese día, en la esquina de la calle Maracaibo entre carreras Palacé y Junín, quedó también herido el fútbol profesional colombiano. No sólo silenciaron a Ortega, de 32 años, quien dejó viuda a Betty y huérfanas a Mónica y Lorena, sino que quedó al desnudo la mano de la mafia en el balompié nacional.

Llamada premonitoria

Una semana antes, cuando le notificaron a Jesús Díaz que la terna de árbitros elegida para el partido Medellín vs. América, programado para el miércoles 15 de noviembre de 1989, estaba conformada por él, Álvaro Ortega y Orlando Reyes, mostró su desacuerdo. Sintió que era poner en riesgo la vida de Ortega pues 20 días atrás, el 26 de octubre, durante un partido entre los mismos equipos pero en Cali, había anulado un gol de chalaca al Medellín. El partido terminó 3-2 a favor del América. Para muchos, esa fue su sentencia de muerte.

“No quería que Álvaro pitara en Medellín y me comuniqué con la Dimayor para que revocaran la decisión. No tuve respaldo”, recuerda Díaz. Sobre las 2 de la tarde del miércoles 15, Ortega recibió una llamada al teléfono de la habitación del hotel Nutibara, donde se hospedaban. “Álvaro se descompuso, se puso pálido. Le pregunté quién había llamado y no quiso decirme. Luego añadió que después del partido me contaba todo. Le insinué que mejor no estuviera en el juego de esa noche, pero respondió que él no se arrugaba”.


Ortega acudió al encuentro y ejerció como juez de línea. Orlando Reyes fue el central. Díaz fue el segundo asistente. El encuentro transcurrió sin sobresaltos. Era un partido de trámite. Terminó cero a cero al cabo de los 90 minutos. Cuando los árbitros iban rumbo al hotel en una patrulla de la Policía, Jesús Díaz le recordó a Ortega su promesa de contarle todo acerca de la llamada. Pero él respondió que esperara a la cena pues prefería no hablar del tema porque los policías podían escucharlo.

Díaz nunca pudo saber los detalles de la extraña llamada. Mientras se dirigían a cenar al restaurante Sorpresa, ubicado al respaldo del hotel Nutibara, ocurrió el crimen. A partir de ese día, el árbitro Jesús Díaz, uno de los mejores jueces en la historia del fútbol colombiano, decidió dar un paso al costado. En medio del estupor nacional, a la siguiente semana se canceló el campeonato. Ese triste 1989, el mismo año del magnicidio de Galán y del bombazo contra el avión de Avianca, quedó signado como el año en que no hubo campeón.

 

 Tragedia anunciada

“Árbitro que no cumpla honestamente con su función, será borrado del mapa”, fue el mensaje que la mafia del narcotráfico envió al país un año antes del asesinato de Ortega. Lo hizo a través del también árbitro Armando Pérez, el 3 de noviembre de 1988, un día después de secuestrarlo. Un plagio exprés ejecutado por un grupo que dijo representar los intereses de Millonarios, Nacional, Quindío, Pereira, Cúcuta y Júnior, supuestamente afectados por arbitrajes amañados. Un antecedente que pasó de agache.

“Yo ya dije lo que tenía que decir sobre ese episodio. Lo que viví durante ese secuestro decidí enterrarlo en el pasado porque uno no tiene que propagar los hechos que pueden afectar negativamente a la sociedad. Lo que sí puedo asegurar es que le hicieron mucho daño al arbitraje colombiano”, le indicó Armando Pérez a El Espectador cuando lo consultó sobre lo sucedido en aquel tiempo. Lo cierto es que, como hoy sostiene Jesús Díaz, ese secuestro fue un aviso que las autoridades nacionales y del fútbol no tuvieron en cuenta.

La corrupción en el fútbol ya era patente y el secuestro de Armando Pérez fue un campanazo de alerta que pudo haber evitado la tragedia del 15 de noviembre de 1989, pero prevaleció el desinterés. “La noche que secuestraron a Pérez, saliendo del aeropuerto de Rionegro, se había realizado una reunión en la Dimayor en Bogotá, donde se dijo que a los árbitros los acusaban de arreglar partidos. Ese día rechacé los señalamientos e incluso ofrecí renunciar al arbitraje. Hoy, más de 20 años después, creo que realmente no todos los árbitros actuaban con honestidad”, refiere Díaz.

A su vez, Rafael Sanabria, exárbitro colombiano, hoy analista del fútbol, reconoce que en la época del secuestro de Armando Pérez o del asesinato de Álvaro Ortega seguramente muchos partidos de fútbol sí fueron arreglados. “Fue una época oscura para el fútbol y también para el arbitraje. Era un secreto a voces que algunos jueces hicieron arreglos en algunos juegos para favorecer equipos. También fueron muchos los que intentaron tapar el sol con un dedo y no pudieron. Tarde o temprano se probó la corrupción”.




El secuestro de Armando Pérez en noviembre de 1988, el asesinato de Álvaro Ortega el 15 de noviembre de 1989 y la rotunda decisión de cancelar el campeonato de fútbol profesional de 1989 en la asamblea extraordinaria del 22 de noviembre terminaron por ratificar la crónica de una tragedia anunciada. La del fútbol profesional colombiano en aquellos tiempos en los que los grandes capos del narcotráfico, con sus aliados en el Estado o el sector privado, también penetraron la economía, la política o la Fuerza Pública.
Hoy, la memoria del árbitro Álvaro Ortega sólo hace parte de los recuerdos de su familia o de sus amigos. En ninguna parte quedó un registro para rememorar su sacrificio. Pero a la hora de hacer el compendio de los campeones de fútbol en Colombia, en la casilla de 1989 se lee sin mayores comentarios: “Campeonato cancelado”. No se dice que los árbitros estaban sentenciados a muerte o que algunos capos de la mafia eran públicamente dueños de algunos equipos que sumaban estrellas a sus divisas. Un país ahogado en violencia y paralizado por el miedo en el que el fútbol también alentó la sociedad de la mentira.




* tgc_777@hotmail.com / @Theo_Gonzalez

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